Cuando la música suena, no existen las barreras

Bailar nos hace únicos, pero también nos une y nos vuelve iguales. Como dijo el bailarín Dane Hurst, estrella de la compañía de danza Rambert, "en el estudio de danza el color de nuestra piel es indiferente. Cuando la música suena no existen las barreras".  

Dane Hurst se crió en un barrio de Puerto Elizabeth, en Sudáfrica. Un barrio en el que a día de hoy habitan más de 18 bandas de mafiosos y hay más de 100 homicidios al año. En busca de un refugio, Dane encontró la danza y de ella hizo su vida. Hoy, tras un largo recorrido como bailarín profesional, su sueño es empoderar a los jóvenes de su barrio a través de la danza y ofrecerles un nuevo camino que les aleje de la violencia de las calles.

Fotografía de Karl Shoemaker

Cuando Dane comenzó a bailar ballet, era el pleno apogeo del apartheid en Sudáfrica. Su escuela, al no creer en la segregación racial, era apedreada a diario siendo pese a ello un refugio para muchos. Dane, inspirado por uno de sus compañeros, tenía muy claro que esa iba a ser su vía de escape y que lo daría todo hasta conseguir vivir de la danza. Así, con la ayuda de su profesora, empezó a presentarse a cada competición, aprovechar cada oportunidad, hasta que consiguió una beca que le llevaría hasta Londres.

Allí construyó su carrera hasta convertirse en el primer bailarín de la Rambert Dance Company en Londres obteniendo reconocimientos como el de Mejor Bailarín del año, el Premio del Círculo de Críticos, el premio al Mejor Bailarín Emergente, entre otros. Y ahora, a sus 32 años, ha decidido dejarlo todo y perseguir su sueño, crear una compañía de danza en el barrio en el que nació.

La mayoría de las personas piensan que tienes que estar loco para dejar un trabajo. Siento que mi corazón puede con mi razón. He crecido en la compañía, pero como en todas las familias, cada uno tiene que seguir su camino. Ahora es el momento. 

Regresó a África y comenzó con un pequeño piloto, ofreciendo clases y talleres para jóvenes afectados por el sida. Así consiguió que personas de distintas edades, hablando distintos idiomas, con distintos colores de piel y de entornos muy distintos hablasen todos el mismo lenguaje, el de la danza. Ver el impacto que estas clases han tenido en estos niños, le dierón a Dane Hurst la fuerza suficiente para emprender su proyecto y hacer realidad su sueño.

Ahora, está trayendo a excompañeros de Rambert para que le ayuden a dar clases, ha comprado el viejo linóleo de la escuela y lo ha llevado a Puerto Elizabeth.

Hoy, el Moving Assembly Project es una realidad.

#FairSaturday

Más información

Web Moving Assembly Project

Facebook Moving Assembly Project

Dane Hurst

The Guardian

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